El viento, otra vez el viento.
Esa masa húmeda y fría
corre por las avenidas que se alejan del río
y se va metiendo entre los autos,
en las puertas mal cerradas, las ventanas sin burletes.
Cuando viene así no queda otra,
hay que guarecerse.
Tengo que pensar,
tengo que salir de mi pausa interna
y caminar, rápido,
tengo que salir, tengo que salir
a toda velocidad,
a toda velocidad.
Los inviernos son fríos en Buenos Aires.
Pero vamos a ver una obra de teatro
y caminamos con mi papá.
O paseamos por Parque Centenario,
yo exijo que me lleve a la feria de libros
y me compre algo.
Me gusta mucho leer.
Mi papá es mi paseador oficial.
Siempre salimos.
Otro día, otros años,
estamos sentados conversando en un bodegón.
Comiendo pasta o tomando un café.
Fuimos al cine a ver una peli.
Después se van silenciando las charlas.
Es como si el viento se hubiera tragado las palabras,
las hubiera arremolinado y llevado a Oz.
O a otro planeta.
Ahora es lejos, siempre lejos.
Es un mail con una breve respuesta y firma institucional.
Qué mierda la comunicación virtual.
No hay más nada. Último contacto telefónico.
Día de cumpleaños, anticipado.
Yo estoy en un taxi con mi vieja, yendo a mi departamento nuevo.
Bueno, dale, veámonos pronto. Chau, beso.
Extrañarte es más bien una sensación nueva.
Nueva porque hasta ahora sólo pude enojarme.
Pero es julio, paseo por calle Corrientes
y entro al San Martín a ver una obra.
Está lleno de chicos que esperan un espectáculo de María Elena Walsh.
Me encanta que no pase de moda.
Y padres y madres con ellos.
A mi lado, una mujer le explica la palabra "porvenir" a su hija.
A la vuelta, en el subte, los altavoces anuncian que llegamos a Callao,
y una nena pregunta a su papá si sabe cuál es la estación más silenciosa,
¿y la más ruidosa? ¿y la más llorosa?
Antes de volver a casa paso a tomar mate por lo de una amiga.
"Esa herida no se cierra nunca"
Le creo, obvio. Hablamos de ayer, hoy era mañana.
En Plaza de Mayo se está yendo la marcha por Santiago Maldonado.
Vuelan algunos panfletos y el humo de las hamburguesas.
Y está todo muy triste y solitario.
Las cosas vuelven, repetidas, trágicas.
Los recuerdos, lo mismo.
Me quedo con que te extraño y te perdono un poco.
Ya es mucho.
Encaro para Cabildo.
El olor a parrillita de Avenida de Mayo me repiqueteó el estómago.
Doy unas vueltas pero no hay nada tentador, no como ese fueguito de paty.
Da igual porque viene el bondi, y es el directo.
Ya estoy arriba. Lejos del frío y las avenidas que me ponen tristes.
Saco el libro que elegí para hoy, a propósito. Azul, niña, exilio, padre.
Es propicio, diría el I Ching.
Sé que tengo que escribir algo de todo esto.
Llegando a la terminal de bondis lloro. La verdad te extraño mucho.
Me doy cuenta que ya te extrañaba desde antes de que te fueras.
Suena el teléfono. Entre nosotros por suerte no pasó de moda llamarse.
Es una costumbre que no quiero perder, aunque es molesto hacerlo por celular.
Pablo me avisa que hoy hay polenta con boloñesa.
Eso me pone contenta. Bastante contenta diría.
Yo estoy muerta de hambre.
Y además tengo ganas de que me abrace fuerte.
Refunfuña porque lo saco de sus cosas pero me viene a buscar igual.
Camino a casa, la bruma esconde lentamente los fondos de las quintas.
Respiro ese aire mojado sin estornudarlo. Huele a menta y a yuyos.